Premio VIII Concurso de Relato Corto Francisco Salinas


¿Jugamos a un juego?
       El cuaderno yacía intacto en mis piernas, abierto por una de las muchas páginas en blanco, esperando la inspiración de su dueña, pero yo estaba sin ideas. El librito parecía nuevo, lo que es irónico, porque me lo habían regalado al cumplir los 13 años y llevaba desde entonces escondido al fondo de un cajón. Tras una pedante conversación con mi subconsciente en la que me llamaba cobarde, decidí rescatarlo de su prisión. Mi cuaderno de viajes empezaba su vida en ese momento pero por lo visto iba a llevar una vida aburrida, mi creatividad estaba sin cobertura.
       Frustrada, levanté la vista hacia el exterior y me entretuve observando las vías, que parecían pasar velozmente a nuestro paso. Cuando me aburrí de la monotonía del intrincado de metales por el que viajábamos, giré la cabeza hacia los asientos vacíos de la cabina, dándome cuenta de que ya no estaba sola. Un hombre bajito con un sombrero de copa me miraba divertido, con sus gafas de culo de vaso resbalando por una muy respingona nariz.
       - A mí también me costó al principio –me dijo levantando el cuaderno de viajes de su anterior lugar.
       Yo le sonreí, ya que no sabía qué decirle. Él siguió hablando.
       -¿Jugamos a un juego?
       No había aceptado jugar pero al hombrecillo le pareció que mi silencio era un claro “sí”.
       -Cierra los ojos y piensa en tu viaje perfecto. ¿Qué ciudades te gustaría conocer?
       Comencé a responderle pero me tapó la boca y me pidió que no le dijera las ciudades, que solo las pensara.
       Nos quedamos en silencio y yo seguí sus instrucciones, agarrando fuerte mi bolsa por si trataba de hacer algo. Al fin y al cabo no le conocía.
       Pronto, el suave traqueteo me adormeció las articulaciones y el sueño amenazó con llevarme, así que abrí los ojos, encontrándome el lugar vacío de nuevo. Salí al pasillo, poco convencida de estar del todo despierta, hasta llegar a una de las salidas del tren y dar unos pasos fuera.                                    
       Tenía que estar alucinando. Me encontraba en medio de la plaza del Trocadero, a escasos metros de la torre Eiffel, que se erguía imponente ante mí. Caminé vacilante hacia delante y de pronto un hombre con bigote me arrolló, provocando una estrepitosa caída. Segundos después, una mano se interpuso en mi visión y la agarré agradeciendo la ayuda con un susurro. Era el mismo hombre que me había hecho caer, pero ahora llevaba un periódico bajo el brazo, The New York Times.
       Cuando leí el título levanté bruscamente la cabeza, adivinando rápidamente que estaba en Central Park.
       -¿Qué está pasando? –pregunté al cielo y me tiré sobre la hierba, escondiendo la cabeza entre mis manos.
       Alguien golpeó mi hombro varias veces y, como no se cansaba, me resigné a hacer caso a la insistente persona. Una mujer de tez lisa y ojos achinados me sonreía, ofreciéndome algo de una bandeja. Me fijé en que eran unos pobres escorpiones cruelmente ensartados y me alejé negando la oferta con una mueca. Estaba maravillada con la cantidad de mercados que había a mi alrededor, vendiendo todo tipo de cosas. Algunos puestos de comida vendían animales y bichos que no tenía intención alguna de consumir.
       Al entrar en un curioso establecimiento, me rodeó un olor a especias que no conocía, y que seguramente invadía cada rincón de la tienda. Recorrí mentalmente las ciudades que quería visitar y supe que estaba en Estambul. Inspiré tranquilamente el aroma del bazar, sintiendo el dulce aire llenando mis pulmones. Un fuerte perfume me hizo estornudar y mi trance se vio interrumpido para sacar un  pañuelo de mi pantalón.
       Mientras desenterraba mi nariz del trapo me llegó a los lejos una melodía cantada por una poderosa voz de mujer. No estaba segura, pero el gran edificio de alas bancas frente a mí me confirmó que mi nuevo destino era Sydney. Preciosa era la obra y afortunados los que podíamos escucharla.
       De repente, el terreno comenzó a moverse y un repentino parón me devolvió a la realidad. Había llegado a mi verdadero destino. No había pan ni parques, mercados, bazares ni ópera, solo un tren vaciándose en una tediosa estación.
       Estaba decepcionada, ¿había sido todo un sueño? Cogí el cuaderno, que había caído al suelo, y noté que había algo diferente en él. Curiosa, lo abrí y, al ver su interior, me quedé petrificada y a la vez entusiasmada. Las páginas estaban llenas de colores, de imágenes, de aromas y de sonidos. Recuerdos de un viaje inverosímil, pero que no había sido solo un sueño.
       Golpearon el cristal del compartimento y pegué un bote, dándome en la cabeza con el techo. Mi tío me saludaba desde el otro lado, ansioso por abrazarme, así que me apresuré a salir y dejé que me envolviera en sus brazos y me colmara de besos. Atrapada en una masa de amor y sin posible salida, divisé entre la gente un sombrerillo que se me hacía familiar. Justo antes de ser liberada, el hombre del juego se giró hacia mí, levantó su sombrero y me guiñó un ojo.
       Un segundo después, el gentío se lo había comido.
Carla Díaz Sánchez (1º Bach. A)



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